Morir sin dejar palabra: la falta de cultura testamentaria en nuestra sociedad


En muchos países de tradición civilista, como en nuestro Pais y como el resto de los paises, persiste una preocupante ausencia de cultura testamentaria entre la población.

A pesar de que el testamento es un instrumento jurídico fundamental para garantizar la voluntad del causante después de su fallecimiento, gran parte de la ciudadanía opta por no utilizarlo, dejando a sus herederos en escenarios complejos de sucesión intestada.

Dicho lo anterior cabe destacar que un factor importante de la falta de cultura testamentaria es porque se desconoce que el  testamento es un acto jurídico unilateral, revocable y solemne, mediante el cual una persona —denominada testador— dispone de sus bienes, derechos y obligaciones para después de su muerte.

A través del testamento, el testador puede establecer la manera en que desea que se distribuya su patrimonio, designar herederos, legatarios, albaceas, tutores, e incluso reconocer hijos o formular disposiciones de carácter extrapatrimonial.

Pero también la falta de dicha cultura consiste en que la  muerte sigue siendo un tabú en muchas culturas.

No es solo el temor al fin de la vida, sino la incomodidad de pensar en lo que dejamos atrás: bienes, responsabilidades, recuerdos… y, en muchos casos, conflictos. Una de las consecuencias más tangibles de esta negación cultural es la escasa práctica de hacer un testamento.

Un acto de responsabilidad, no de pesimismo
Para muchos, hacer un testamento es “llamar a la muerte” o “adelantar desgracias”. Esta idea, profundamente arraigada, evita que las personas consideren el testamento como lo que realmente es: un acto de amor, previsión y responsabilidad.

No se trata solo de repartir bienes materiales; se trata de evitar disputas familiares, aclarar voluntades y asegurar que nuestras decisiones se respeten incluso cuando ya no estemos para expresarlas.

Pese a ello, la realidad es alarmante: un gran porcentaje de personas fallecen sin haber dejado instrucciones claras sobre lo que desean que se haga con su patrimonio.

Sin embargo el desconocer y no tener la cultura para realizarlos nos lleva a que cuando una persona muere abintestato (sin haber otorgado testamento), la sucesión legítima se abre conforme a lo establecido por el Código Civil respectivo.

En estos casos, los bienes del difunto se reparten entre los herederos legítimos según un orden de prelación legal (descendientes, ascendientes, cónyuge, colaterales, etc.).

Cuando no se deja testamento, entra en juego el proceso de sucesión intestada. Esto puede ser largo, costoso y, muchas veces, fuente de conflictos familiares. Herederos enfrentados, propiedades embargadas, trámites interminables… todo esto se puede evitar con un simple documento legal, que puede elaborarse con apoyo notarial y en muchos países a un costo accesible.

Aún más grave es el caso de familias con hijos menores, personas con discapacidades o bienes compartidos: sin un testamento, la incertidumbre jurídica puede generar verdaderos dramas personales.

¿Por qué no lo hacemos?
Las razones por las que no se hace un testamento son diversas, pero entre las más comunes están:

• Desinformación: Muchas personas no saben cómo ni cuándo hacerlo, ni que se puede modificar en cualquier momento.

• Mitos culturales: La creencia de que “solo los ricos necesitan testamento” o que “aún hay tiempo”.

• Negación de la muerte: Evitamos pensar en lo inevitable y, por tanto, postergamos decisiones cruciales.

• Confianza ciega en los herederos: Se asume que la familia “sabrá qué hacer” o “no se peleará”, lo cual no siempre se cumple.

Es por eso que es necesario Fomentar la cultura testamentaria implica abrir espacios de conversación sobre el futuro, la muerte y el legado.

Desde las instituciones públicas hasta los medios de comunicación, se debe insistir en que hacer un testamento no es solo cosa de ancianos ni de millonarios. Cualquier persona mayor de edad, con o sin bienes de gran valor, puede —y debería— dejar sus voluntades por escrito.


En el fondo, hacer un testamento es también una forma de cerrar ciclos, de transmitir valores y dejar instrucciones claras sobre lo que realmente nos importa. No se trata solo de “quién se queda con qué”, sino de cómo queremos ser recordados y qué tipo de relaciones deseamos dejar atrás.


Recordemos que este mes en el que se ofrecen facilidades legales, descuentos notariales y asesoría gratuita para que tomes una decisión que puede evitar conflictos, proteger a tu familia y dar tranquilidad a tu vida.


Cabe destacar que, en caso particular de nuestro país,  cada año durante el Mes del Testamento  (Septiembre), se nos recuerda una verdad fundamental: no hay mayor acto de amor y responsabilidad que dejar todo en orden para quienes amamos.

Hacer un testamento no es una señal de miedo, sino de previsión. No es pensar en la muerte, sino cuidar del futuro.

Hazlo por ti. Hazlo por ellos. Haz tu testamento.

Autora: Adriana de la Cruz Manjarrez

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