La Punta de Montblanc

Autor: BS Gestoría Profesional

Los procesos de manufactura de las estilográficas apenas han cambiado desde 1909, cuando los empresarios Johannes Voss y Alfred Nehemias y el ingeniero August Eberstein lanzaron una estilográfica técnicamente mejorada que contenía un depósito y podía usarse sin necesidad de tintero. Ese año, el nombre de la montaña más alta de Europa sustituyó a la marca Simplo Filler Pen Co, fundada en 1906 y que fabricaba la pluma Rouge et Noir, un homenaje a la novela de Stendhal. La estrella de seis puntas –una representación estilizada de los glaciares del Montblanc– se convirtió entonces en el emblema de esta marca más que centenaria.

El alma de las estilográficas reside en el plumín, una pieza de apenas un gramo de peso. Es minúsculo, pero su acabado requiere más de 30 procesos y cuatro semanas de trabajo. Montblanc fabrica sus plumines en oro de 14 o 18 quilates. “Todo lo que brilla en los talleres es oro”, explica el responsable de personal y de compra de metales preciosos de la firma. Cada mes, se trabajan 50 kilos de oro, que llega a la fábrica enrollado en bobinas; metros y metros de valiosa cinta en la que se troquelan los plumines que luego se moldean, se perforan, se graban, se pulen, se cortan, se vuelven a pulir… hasta que el ojo experto decide que el acabado es perfecto.

A un lado, una pila de papel; al otro, una bandeja con estilográficas, una operaria las prueba una a una, en absoluto silencio, concentrada, las palabras que escribe y los ochos que dibuja no dejan rastro en el folio porque de la pluma fluye tinta incolora. Pero la artesana no necesita ver lo que escribe, sólo siente el tacto del plumín deslizándose sobre el papel y escucha la melodía de los trazos. Si la escritura no fluye con suavidad, aparta la pluma, que deberá ser retocada hasta que la experiencia de la probadora la declare apta para ser despachada fuera de la factoría.

Este es el último paso del proceso de fabricación de las estilográficas Montblanc en su fábrica de Hamburgo. Es un camino largo y con una gran carga para la mano artesana.

Las formas básicas las realizan máquinas (algunas siguen en funcionamiento desde los años 40), pero todo el trabajo de detalle, el afinado y el pulido lo realizan a mano equipos formados básicamente por mujeres.

Pero el oro es relativamente blando y se desgasta con facilidad al rozarlo una y otra vez con el papel; por eso, la punta real de un plumín de estilográfica no es de este metal. Montblanc emplea una aleación de iridio que funde con la punta de oro para formar una micro esfera que le confiere dureza, el pulido del plumín es la etapa más delicada de todo el proceso. La trabajadora debe decidir cómo lijarlo para que ambas mitades sean simétricas.

“Al final, son los ojos del ser humano los que deciden si una pieza es buena o no”.

El cuerpo de las estilográficas se fabrica en otra nave de la factoría de Hamburgo. Las operarias los comprueban uno a uno, para asegurarse de que incluso las líneas de reflexión de la luz son uniformes.

El éxito mundial de Montblanc llegó en 1924, de la mano de la Meisterstück 149, una pluma robusta de color negro conocida como power pen y Diplomática por las incontables personalidades que la utilizan. Todavía hoy sigue siendo, más de noventa años después de su creación, la estilográfica más emblemática y demandada de la marca.

“Es imposible saber cuántas Meisterstück se han vendido. La empresa tiene más de cien años”, explicó alguna vez el presidente de la compañía.

Ahora todas las estilográficas Montblanc son made in Germany, pero en los años 40, en plena Segunda Guerra Mundial y con la fábrica alemana bombardeada, la historia centenaria tiene un capítulo en España, porque parte de la producción se desplazó a Barcelona. Las plumas salidas de los talleres de la calle Londres lucían el nombre de Montblanc con el añadido “fabricado en España por Enrique Wiese”. Hoy son un raro objeto de coleccionista, explica Hubert Wiese, consejero delegado de la firma para España y nieto de aquel pionero.

Tres generaciones y más de setenta años dedicados a esta firma de lujo. La marca, que forma parte del grupo Richemont, ha ido diversificando su producción y hoy ofrece relojes –el área de mayor expansión–, artículos de piel y accesorios, pero los instrumentos de escritura siguen siendo la insignia de la casa. En tiempos de gadgets electrónicos y digitales {correos, WhatsApp y Tuits}, parece fuera de moda sacar la pluma, desenrollar el capuchón y estampar la firma en un documento como si su importancia dependiera del sonido del oro al rozar el papel, pero las estilográficas siguen vendiéndose y coleccionando.

Hablamos del alma que pones cuando escribes, por más instrumentos electrónicos que se inventen, la gente todavía tiene la necesidad de escribir a mano en las ocasiones especiales, por costumbre personal y por nostalgia.

Cuando escribes una carta, le estás diciendo a esa persona que la quieres, porque le estás haciendo el regalo más importante que se puede hacer hoy en día: tu propio tiempo y el valor que compartimos. además, estas piezas de escritura trascienden a su uso, porque comunican un estatus, el liderazgo y el valor y calidad de los objetos artesanos que perduran para siempre.

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Y si de estatus se trata, sólo unos pocos afortunados pueden acceder a las ediciones limitadas de Montblanc. En los años ochenta, la empresa inició una estrategia para promocionar la música, la danza, la literatura y el teatro. Y, desde 1992, concede el premio Montblanc Mecenazgo de las Artes, que conmemora con una edición especial de estilográficas.

El espacio donde se manufacturan las ediciones especiales se asemeja más a una lujosa boutique que a un taller, y los visitantes deben llevar finos guantes de algodón si tocan las piezas. Los esquemas de producción de estas series se destruyen para que nunca se fabriquen más piezas de las previstas, una cifra que se graba en el plumín. Son auténticas joyas que escriben, aunque es probable que por sus venas nunca llegue a correr tinta. Hay que tener el pulso firme para tomar entre los dedos una filigrana de oro y piedras preciosas que puede costar decenas de miles de euros.

En esta época post moderna milenaria, el lujo entre los lujos es que el cliente diseñe su propia estilográfica, quien se reúne en Hamburgo con los artesanos, toman nota de su biografía, sus aficiones, su color favorito y de todo lo que le defina: analizan el ADN de su escritura –rotación, inclinación, oscilación, velocidad y presión al escribir– para diseñar el plumín. El proceso puede durar hasta dos años, y el cliente puede seguirlo en una intranet creada para él. Todo absolutamente personalizado. El afortunado tendrá una pluma única, tan única como su escritura. Y sería un pecado que no tuviese la oportunidad de mostrar su alma sobre el papel.

⭕ Carpe Diem

~BS GESTORÍA PROFESIONAL~

Profesionales en Regularización del Patrimonio

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